Buscando la paz de La Paz

Publicado el 6 de abril de 2008 por Martín Gaitán

[La Paz, 24 de enero de 2008]

Encontrar la paz de La Paz no es tarea sencilla, creanmé.

¿Estará en los olores de cada puestito de comida callejera? ¿Entre los libros de edición pirata del librero de la plaza? —gran colección gran, las mochilas aumentarán considerablemente de peso—. ¿Seŕa a los 4000 metros, en el barro eterno de El Alto? ¿O en el mercado donde venden billetitos falsos que traen buena suerte en estas fecha de fiesta popular?

Quizás se esconde, segura de ser irreconocible, en el esquizoide tráfico —no se mueren 100 bolivianos atropeyados por día porque tienen muchos dioses, teorizó un amigo—. Tal vez, en las Olivetti de los que escriben —con ortografía garantizada— notas, cartas o formularios por 4 bolivianos, sentados en una mesita junto a la cholita que vende tamales, paraguas y pilas berretas, cerquita del encapuchado lustrabotas.

Estoy agitado. La ciudad es una olla y tengo la sensación de estar siempre en el centro. Cada paso es una osadía para nosotros, pero todo el mundo camina sin acusar molestia.

Sigo lleno del almuezo en el mercado. Plato paceño: habas, un choclo gigante, un trozo de carne de la bisabuela de la vaca, una feta de queso y ausencia de cubiertos.

— Estito se come así nomás, con las manitos— me indican.

Mariano está durmiendo en el hostel. Acabo de ver a un amigo uruguayo/francés que vive aquí y trabaja para el gobierno revolucionario —como técnico, en el proyecto que intenta darle una compu portátil a cada pibe— . Lo escucho eufórico y preocupado. Creo entender sus motivos.

Me punguearon el teléfono de la cartera mientras sacaba fotos. Mi cara de turista ingenuo lo regalaba al primer carterista intrépido que osara afanar bajo el agua bendita del Yatiri. Era uno, sospecho, que deseaba un celular gigante y se lo pidió al Ekeko en Alasitas.

Ahora, mientas escribo esto, un gringo muy gringo baja fotos de su celular-camara-filmadora-navespacial en la compu que está frente a esta, desde la que yo chateo con una señorita muy virtual de Movistar que me pregunta mi genóma completo para suspender el chip que perdí.

Cuando por fin me cree me dice que ya está, como queriendo decir que soy un gil. Percibo su burla en la frialdad de esa letra arial tamaño 12 colorada con la que escribe y esa insistencia absurda en preguntar si puede ayudarme en algo más.

Un guagua gatea entre mis piernas mientras su mamá habla por telefono en la cabina. Ella habla en quechua. Él me sonrié desde el suelo, enredado entre los cables.

Ahora lo entiendo: la paz está en mi.

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