Dulce y tenaz

Publicado el 19 de mayo de 2009 por Martín Gaitán

Tengo un recuerdo bastante nítido del día que descubrí la potencia de las palabras. Yo tenía como 7 años y gasté en el quiosco 5000 australes en unos chicles horribles que pintaban la boca de negro y la dejaban con mal aliento, pero que venían con figuritas maravillosas: Los Basuritas, caricaturas que jugaban con un morbo torpe, muy efectivo para la risa de los chicos. Los Basuritas tenían nombres formados por un rudimental juego de palabras. Allí estaban Matías Queroso, José K. Lavera, y la difícil, Igor Dinflon.

Fue un descubrimiento. Con la lengua renegrida y ácida, mis tías fueron bautizadas con ingeniosos seudónimos como Elsa Lame y Estela Ampazo, y mi papá fue Walter Cado. Pero mi mamá tuvo el mejor: Elena Nito, que les ganaba a los demás porque no sólo gozaba de cierta verosimiltud como nombre propio, sino que encajaba, desde la caricaturización infantil, con con la fisionomía materna.

Elena Nito me enseñó muchas cosas, la mayoría sin que yo me enterara. Aprendí de ella la receta de los bombones de quaker, a tomar el colectivo solo y el poder desengransante del jabón neutro. Y también, por supuesto, aprendí la magia que tienen los libros.

Es que malabareando con su magro sueldito de maestra, Elena Nito siempre se las ingenió para que en nuestra casa haya libros. Libros de texto, sí, (que aprovechamos más cuando, ya barbudos, dimos clases particulares de algunas materias), pero sobre todo cuentos y novelas, pasando por toda la colección Del Quirquincho que tenían unos dibujos horribles pero eran fantásticos.

Entre esas adquisiciones de catálogo y descuento por planilla, los libros de Mario Benedetti se llevaron gran parte de la torta. Poco a poco, cuota a cuota, llegaron a casa las ediciones de bolsillo de muchos de sus libros de poemas y sus novelas.

Fue mi segundo descubrimiento literario, el profundo, el revelador. Mario Benedetti me enseñó que la literatura no es belleza de cartón, pero tampoco un criptograma. Que las cosas que deben decirse hay que decirlas, mejor si bonito, mejor si para muchos.

Desde esa pubertad (tuve varias), Benedetti me acompañó siempre. Los poemas que supe de memoria fueron encontrando sentido con los amores y los desamores, con los miedos y las rutinas, las militancias y las alegrías. Y en el medio de tanto descubrimiento, supe de su vida, de su coherencia de luchador incansable, de su amor por el pueblo y su coraje.

El Aguafiestas, la biografía de Benedetti que escribió Mario Paoletti, lo resume así:

(...) Mario Benedetti ha organizado su vida y su literatura al margen de modas y de imposturas, de disfraces y de concesiones, y semejante testimonio de coherencia lo ha enfrentado muchas veces con las culturas oficiales de toda América Latina. Esta actitud también ha sido, sin embargo, el motivo profundo de la adhesión y el entusiasmo que despiertan su vida y su obra, generación tras generación, entre anchas franjas de lectores. Benedetti, igual que Cortázar, es un escritor al que no sólo se lo admira sino que también se lo respeta y se lo quiere.

Se lo admira, se lo respeta y se lo quiere. Por todo lo que hizo, y lo que sigue haciendo:

El domingo a las 3 de la tarde mis compañeros debían irse al taller de serigrafía que estamos haciendo con los chicos del barrio. Los compañeros del Movimiento Teresa Rodriguez nos hicieron un encargo, con la idea de que se convierta en la primera producción del taller: pañuelos con la cara del Che. Como corresponde a nuestra concepción de educación popular, antes que nada debíamos trabajar en torno a la figura del Che y me acordé del bello poema:

Che 1997
 
Lo han cubierto/ de afiches de pancartas
de voces en los muros
de agravios retroactivos
de honores a destiempo
 
lo han transformado en pieza de consumo
en memoria trivial
en ayer sin retorno
en rabia embalsamada
 
han decidido usarlo como epílogo
como última thule de la inocencia vana
como añejo arquetipo de santo o satanás
 
y quizás han resuelto que la única forma
de desprenderse de él
o dejarlo al garete
es vaciarlo de lumbre
convertirlo en un héroe
de mármol o de yeso
y por lo tanto inmóvil
o mejor como mito
o silueta o fantasma
del pasado pisado
 
sin embargo los ojos incerrables del che
miran como si no pudieran no mirar
asombrados tal vez de que el mundo
no entienda que treinta años después
sigue bregando dulce y tenaz por la dicha del hombre.
 

A las seis de la tarde, mientras una voz militante leía su poema en un barrio pobre de Córdoba, su cuerpo moría en una habitación de Montevideo. En ese instante, no lo detuvo la distancia ni la despedida. Como ayer, como siempre, sigue bregando, dulce y tenaz, por la dicha del hombre.

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