El Señor Triste

Publicado el 5 de febrero de 2005 por Martín Gaitán

Las Grutas es un lugar con pujanza. Está creciendo a un ritmo vertiginoso en los ultimos años y la demanda de servicios y hospedaje sigue en aumento cada temporada. Su pintoresco paisaje, el mar cálido y calmo, y el hacinamiento un poco más soportable que en la costa bonaerense, hacen de este balneario un sitio elegido por miles de turistas de todo el país.

El presente grutense fue tentador para muchos comerciantes e inversionistas, pero el análisis fue un poco exagerado por el Señor Triste quien no escatimó en poner un bazar allá por la quinta bajada, cerca de la casita donde pasamos lindos dias de playa y diversión.

Para quienes no conocen el planeamiento urbanistico del balneario (¿existe?), vale aclarar que si bien no es tan lejos del centro, si se tiene en cuenta que este tiene 2 cuadras x 2 cuadras, entonces si que suena algo descolgado. En la zona de la quinta bajada casi no hay comercios, sólo una despensa que presupuesta en dolares y un locutorio atendido por una linda niña.

Todos sabemos que el rubro "bazar" está en peligro de extinción. No sólo en las grandes ciudades donde los hipermercados venden absolutamente de todo (al mejor estilo Parripollo Don Tomi que suena bastante lógico (en la lógica del mundo globalizado y consumista de hoy), sino que también se extingue en los pequeños pueblos donde todavía hay un comercio de cada cosa: la ferretería, el corralón, la peluquería, el cabaret, etc.

El Señor Triste, hizo oído sordo a esas farfulladas y se animó a vender cucharas, cacerolas de acero inoxidable y cristalería que a simple vista y desde afuera se veía bien bonita.

Eso de "a vender" es casi un eufemismo porque, se imaginarán, la mayoría de la gente que caminaba por esa callecita de tierra estaba alquilando vacacionalmente y no tenia muchas intenciones de andar equipando cocinas ajenas.

Siempre falta algo, es cierto: una bombilla para el mate, un plato que se rompió y hay que reponer, una cuchara de madera para no rayar ese teflon reluciente de la cacerola prestada. Pero lamentablemente nuestras cabecitas no estan preparadas para acordarnos que ahí, a una cuadra, está el comercio que solucionaria nuestro culinario problema. Y claro, estamos de vacaciones en un lugar donde no hay Jumbo ni Wallmart, qué culpa tenemos.

Cada vez que pasaba por allí, generalmente untándome protector de sol y subiéndome la malla camino a la playa (la rima va gratis), miraba a través de la vidriera y ahí estaba él, con su semblante triste, quizás enojado conmigo, con aquel que iba adelante, tal vez con todos los que pasaban por su vereda despidiendo lástima por los poros y sin siquiera preguntarle el precio de un cuchillo.

Muchos dias despues, arrepentido de nunca haber ingresado a ese local aunque sea para mover al hombre triste de su erguida posición tras el mostrador, me acordé de él. Y súbitamente comprendí que la tristeza de su mirada no tenia nada que ver con su fracaso comercial, mas al contrario, su fracaso comercial tenia que ver con la tristeza del mundo.

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