El choque

Publicado el 17 de mayo de 2005 por Martín Gaitán

Ayer a la tarde, en el programa radial de Jorge Guinzburg se produjo la recurrente discusión sobre cómo conducen las mujeres; si mejor o peor que los hombres. Ese debate siempre tiene como punto de partida la noticia sobre un "nuevo estudio realizado por investigadores de un País X". Esta vez el país X era Alemania, pero como sucede con esta discusión, a nadie le importa.

Sin embargo, el tema me hizo reflexionar un instante: Yo...¿Cómo conduzco?. Inmediatemente me respondi "muy bien", y seguí rumbo, walkman en mano, siempre a gusto con mi subjetividad. Pero ya no iba sólo. Ahí estaba, empolvado, casi marchito, el resucitado recuerdo de mi único accidente de tránsito.

Hace algunos años, cuando empecé ingeniería en Neuquén, la conocí. Yo era estudiante de Electrónica y ella de Química, pero cursabamos juntos algunas materias y alguien nos presentó. Entonces era rubia, e incluso se notaba que alguna vez lo había sido también sin tintura. Simplemente sonrió y me enamoré, o sea, me volví un estúpido.

Me da vergüenza recordar que llegué a hacer cosas tan babosamente cursis. Por ejemplo, le regalé un libro de Pablo Neruda, envuelto para regalo y con moñito, a la entrada de una clase de Análisis Matemático II. Encima, el dato que costosamente había obtenido era falso: su cumpleaños era dos días después.

Creo que fue el mismo desacreditado informante el que trajo la noticia de que a mi amada le gustaba el tango. Con poco margen para desconfiar, dada mi avidéz de cualquier tipo de datos, di por cierto el comentario. Asi ideé la estratagema: en las pocas ocasiones que tenia para conversar con ella, sin mucho disimulo insertaba algun parlamento relacionado con el 2x4. Manotazos intelectuales casi siempre ineficaces.

Fueron semanas de arduo estudio a conciencia, ya que corría con la arrolladora desventaja de no tener noción alguna sobre el asunto. Hasta largas horas de la madrugada me la pasaba escuchando a Gardel, al Polaco, a Piazzola, a Adriana Varela, e incluso al Gotan Project, intentando cubrir todas las épocas y estilos. También trataba de memorizar cientos de letras, pero con el lunfardo, que parecía tan fácil en la voz de Edmundo Rivero, no había caso. Todo fue en vano. Al tiempo supe que, en realidad, lo que le gustaba era bailar el tango; y se sabe, ahí voy muerto. Aunque el baile se tratáse de quedarse quieto, yo sería un perro.

El tiempo, fiel a su mala costumbre, transcurrió. Quizás por mi agotamiento, quizas porque ya no habia clases comunes y la veía menos, quizas porque tenía como novio a un grandote con más pinta de fajar fuerte que de bailar tango, empecé a olvidarla. Volvía paulatinamente a recuperar mi cordura, que es escaza por naturaleza. Pero el destino estaba escrito: el final iba a ser triste, pero no aburrido.

Un sábado, un encuentro deportivo organizado por el centro de estudiantes nos convocó a ambos, y los dos asistimos en vehículos de nuestros respectivos padres. Ella en un Fiat 147 en venta. Yo en una Ford F100 sin frenos. Justo en la esquina de la facultad, juro que sin querer, la choqué. Por suerte, la cuestión no pasó a mayores. Un raspón en su paragolpes y una optica rota, que el seguro cubriría. Papá Gaitán no pone líquido de frenos, pero tiene los papeles en regla.

Un tiempo después comenzó a llamarme, y para que enfatizar el descenlance, digamos que me enteré de su ruptura con el grandote. Por esas ocurrencias de mi imaginación claramente afectada por mis hormonas, supuse que la intención de los reiterados llamados era confesarme su profundo arrepentimiento, y pidiendo perdón abalanzarse a mis brazos. Alcancé incluso a elucubrar la actitud a tomar, absolutamente convencido de que mi hipótesis era acertada.

Por fin, su enésimo llamado me encontró al teléfono.

— Hola Martín, por fin te engancho. ¿Te dijeron que te estuve llamando? — se escuchaba su voz algo tímida y dubitativa, que aferraba mis sospechas e inflaba mi orgullo.
— Si, me avisaron. Disculpame, no tuve tiempo de llamarte — contesté altivo, exigiendo tácitamente un mayor esfuerzo de su parte.
—  Martín, eh...no sé cómo decirte esto. Necesito que hablemos, pero no por teléfono. No puedo por teléfono. ¿Nos podemos ver?

No había lugar a dudas. Una vez más (leáse como nunca) yo tenía razón.

—  Si, claro que podemos vernos, pero adelantame algo. Me dejás con la intriga. — dije simulando un desconocimiento que creía muy distante de mi.
—  No, no puedo. Mañana a las cinco, en el Café Italiano ¿dale?
—  Bueno, dale.

No dormí en toda la noche, y por única vez en mi vida llegué puntual a una cita. Es más, llegué con diez minutos de anticipación, que tuve que desperdiciar escondido tras una vidriera hasta que legó. Recién ahí hice mi aparición, con la cara de espontaneidad que mejor me salía después de una mañana entera practicando frente al espejo.

Estaba divina, pero algo nerviosa. Mi pensamiento de entonces: "No es para menos, una chica como ella nunca se arrepiente de sus actos ni declara su amor tardíamente, ni siquiera aunque se trate de un hombre tan grandioso como yo".

— Acá estamos — rompí el hielo, canchero, como si acabara de develar uno de los misterios de la humanidad.
— Si, estamos acá — respondió, dilatando el momento de la confesión que yo me negaba a condonar.
— Entonces... ¿qué tenés para decirme? — le puse, gozoso y repentino, el puñal al cuello.
— Bueno, es difícil...te digo. Es que hace bastante de esto... ¿Te acordás aquella vez cuando chocamos?
— Ajá — asentí, sin poder ocultar mi sonrisa.
— Bueno, ahí quise decirteló, pero no me animé....

Por alguna fuerza extraña no me rendí a la tentación de callarla con un beso apasionado, para decirle luego "Ya sabía lo que me querés decir, tontita. Y si, te perdono". Pero la cosa era menos divertida para mi, y mucho más para ustedes.

— Lo que quiero pedirte es...bueno...si me podés reintegrar los quince pesos que me costó la exposición policial que tuve que hacer para el seguro, por lo del acciden....

Siguió hablando, pero ya no sé bien qué. Todo se volvió lento, no había sonidos ni voces, y comenzó a hacer muchísimo frio. Saqué mi billetera, le di su dinero, pagué los dos cafés, saludé y me fui.

Lo triste es que no existen pólizas de seguro para este tipo de choques. Que injusticia.

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