El sentimiento de la poesía en la infancia...

Publicado el 22 de octubre de 2009 por Martín Gaitán

El sentimiento de la poesía en la infancia: me gustaría saber más, pero temo caer en las extrapolaciones a la inversa, recordar obligadamente desde el hic et nunc que deforma casi siempre el pasado (Proust incluído, mal que les pese a los ingenuos).

Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas, acríticas del niño: sentirme a cuatro patas bajo las plantaciones de tomates o de maíz del jardín de Bánfield, rey de mi reino, mirando los insectos sin intermediarios entomológicos, oliendo como me es imposible oler hoy la tierra mojada, las hojas, las flores. Si de esa revivencia paso a las lecturas, veo sobre todo las páginas de El Tesoro de la Juventud (dividido en secciones, y entre ellas El libro de la Poesía que abarcaba un enorme espectro desde la antigüedad hasta el modernismo). Mezcla inseparable, Olegario Andrade, Longfellow, Milton, Gaspar Núñez de Arce, Edgar Allan Poe, Sully Prudhomme, Victor Hugo, Rubén Darío, Lamartine, Bécquer, José María de Heredia...

Una sola cosa segura: la preferencia —forzada por la del antólogo— por la poesía rimada y ritmada, tempranísimo descubrimiento del soneto, de las décimas, de las octavas reales. Y una facilidad inquietante (no para mí, para mi madre que imaginaba plagios disimulados) a la hora de escribir poemas perfectamente medidos y de impecables rimas, por lo demás signifying nothing más allá de la cursilería romántica de un niño frente a amores imaginarios y cumpleaños de tías o de maestras.

Otra ráfaga: recuerdo haber amado un eco internoen una elegía escrita después de la lectura de El Cuervo, sin sospechar que eso se llamaba aliteración:

¡Pobre poeta, desdichado Poe!

Y un final de soneto, escrito después de haber visto Buenos Aires de noche, desde el balcón de un décimopiso:

y la ciudad parece así, dormida,
Una pradera nocturnal, florida
Por un millón de blancas margaritas.

Bonito ¿no? Nocturnal... el pibe ya no le tenía miedo a las palabras, aunque todavía no supiera qué hacer con ellas.

En De Edades y Tiempos, Salvo el crepúsculo, 1984

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