Felices Quince

Publicado el 9 de febrero de 2009 por Martín Gaitán

El sábado a la tarde todo salía mal, como predijo don Murphy, el más informado de los optimistas. Eran casi las ocho y media y la internet se empecinaba en su paso de tortuga, las computadoras (todas) me sacaban la lengua desde el cd-rom, y mi humor ladraba golpes contra el escritorio.

Estábamos invitados a las diez. Pero al terminar ese video que intentaba con desesperación, debía sacarle fotos a la cumpleañera en el Parque Sarmiento. Porque sería una fiesta con esfuerzos pero, ya verán, fiesta completa.

El video era el favor grande que la mamá de Dalma, la Kini, nos había pedido allá por junio del año pasado. “Algo como ese tan bonito que hicieron para los chicos” se ilusionó con suficiente preaviso. Y yo, que tengo una habilidad innata para dejar el tiempo correr e ir a suplementario, estaba cumpliendo el favor el mismo día del pitazo final. Tanto así que me percaté de que las fotos que teníamos de la cumpleañera eran tan poquitas que tuvimos que ir a sacar más esa misma tarde.

Algo pasó de pronto y la tecnología bajó la guardia. Tengo alguna sospecha al respecto. En tiempo record el video quedó listo, perfumado y almidonado.

El resultado, como notarán por la calidad de la mezcla, no tiene mucho que ver conmigo. Lo hice con un servicio online, en el cual sólo se tienen que ordenar las fotos, elegir la musiquita (que también fue a pedido, no crean) y, opcionalmente, ponerle textitos. Esos sí los inventé yo, pero es tan automática la cosa que al programa no le gustó el final y lo eliminó. En la secuencia final un mensaje dice «Por eso te queremos decir...», luego vienen un par de fotos y termina sin conclusión. O peor: aparece un cartel gigante que dice "ANIMOTO.COM". ¡Imaginen a la abuela brindando esa congratulación a la agasajada!

— Dalmita, te quería desear muchas felicidades y aca te queremos decir, entre todos los que te queremos, animoto punto com para tus quince mi vida.

A esa hora la tragedia era completa; ya no había tiempo para rehacer nada. En mi idea original venía otro cartelito que decía algo muy ingenioso y original como "Felices quince años Dalma" y una fotito final del pasacalles que la familia había colgado a la entrada de la casa. Pero a Don Animoto se le antojó que no.

Por suerte, de nuevo el viento cambió de sentido: Luismi, él, el incondicional, con el bikini azul de la chica puesto me dijo no culpes a la noche y me salvó el pellejo con un susurro final. "Sueña..." dice en el último instante, con voz sexy y estúpida, para salvar la frase redondeando un más o menos convincente: «Por eso te queremos decir...Sueña»

DVD en la mano, a las apuradas nos fuimos al parque con Omar. Allá nos esperaban en el Rosedal, destino vetusto para quinceañeras y novias de blanco que ha sido destronado por el danzante y luminoso Paseo del Buen Pastor, el espacio de la memoria más chic de Córdoba.

Pero Murphy quería seguir participando de la nochecita, y por eso nos estuvimos esperando mutuamente en lugares distintos durante más de media hora. Ellos afuera, nosotros adentro. Ellos blasfemando. Nosotros también. Hasta que nos vimos. Y todo se redimió con 200 fotos en ráfaga, a razón de 50 por farolito.

Me fui enterando a lo largo de la fiesta de todos lo ritos y cábalas que hay que respetar a rajatabla. Por ejemplo, la cuñada casi me quema con los rayos láser de su mirada cuando la invité a sacarse fotos con Dalma.

— ¡No! Ella sola nomás se puede sacar. Si no, nunca se va casar. — me instruyó.

Y después de todo ese periplo, la cosa recién empezaba.

La fiesta era en la casa, porque el salón del barrio salía muy caro, ya habían pedido mucha plata prestada, y en cambio preferían alquilar un lindo vestido. La casa tiene tres ambientes y en ella viven 14 personas, entre ellas dos embarazadas. Tiene un patio grande, de tierra prolijamente barrida, suficiente para recibir a los muchos invitados. Kini tiene once hijos, y esa noche, una de sus hijitas iba a tener la fiesta que la más grande no pudo.

Hicieron un tingladito con nylon negro, y el mayor esfuerzo de organización que pudiese haber visto. Esa noche pensaba: si una familia puede organizar un cumpleaños de quince, entonces una revolución es una pavada, que se puede hacer en una mañana, si las tías y las cuñadas colaboran.

Pero esta fiesta no; se pudo hacer, sí, pero con más de un año de planificación, ahorro, dinero prestado, y mucha, mucha ilusión. Ilusión de la quinceañera, ilusión de toda la familia.

Para las familias pobres, arriesgo, estos eventos tan significativos funcionan como resarcimiento de muchas postergaciones. Mi abuelo Ruperto, mi malcriador preferido, solía regalarme juguetes costosísimos para el día del niño, comprados con el trabajo que curtió sus manos desde los 10 años. Era, supongo, una reacción a tono.

Y tamaña tradición e importancia no es exclusividad argentina: toda Latinoamérica goza (y sufre) el rito con igual intensidad. Como ejemplo, una muy buena peli: "Quinceañera". Es una de las abanderadas del nuevo cine latino filmado en Estados Unidos. Trata, claro, el tema de la inmigración. Pero también el fuerte arraigo a las tradiciones que estalla con sus dos conflictos conductores: un hermano gay y la quinceañera, virgen ella, embarazada.

Mientras yo me acordaba de esa película, en este cumpleaños le entregábamos a Dalma las rosas repartidas entre los invitados. Vimos el video y después, por fin, la comida. Con el percance , dolor de cabeza más para los revolucionarios anfitriones, de que los tablones y las sillas no alcanzaban. Así que, miren la deferencia que nos tienen, nos sentaron en la mesa de la cumpleañera. Y ahí sÍ: pollo,carne, ensalada, vino, sangría, fernet, y cuarteto, muchos decibeles de cuarteto.

Un guaso —no hay otra forma de decirlo—, el tío de Dalma, que sale en el video besándole la mejilla, con su camisa de raso azul abierta a la altura pecho instaba a correr "las mesas y las viejas ya nomás" lo antes posible.

— Poneme La Mona, guachín, que estas caderas se me salen del cuero — apuraba al improvisado diskjockey.

Y se corrieron nomás, primero las viejas y después las mesas. El papá debió echar algunos baldes de arena y hacer un canalcito para que drene un poco el agua que había vuelto el centro de "la pista" en un suculento barrial.

Pero si el barro no amedrentó a los bailarines en el vals, mucho menos lo iba a hacer en el cuarteto. Chiquitos de 4 años, o quizás menos, canturreaban todas las canciones, y aguardaban ansiosos el momento de demostrar sus dotes de "negros cuarteteros", como rezaba una de las canciones más vitoreadas.

Tampoco se amedrentó Dalma ante la larga, tediosa y guionada ceremonia de las quince velas. Dice Wikipedia (que sabe hasta de protocolo):

Se trata de la entrega, por parte de la cumpleañera, de quince velas a las personas que considere más importantes en el desarrollo de esos quince años y suelen estar acompañadas por un discurso

Y hete aquí otro gesto del profundo cariño que sembramos: la segunda y la tercer vela, después de la que le correspondió al papá, fue para "los chicos y las chicas del apoyo".

Una a una entregó todas las velas, ayudada por un pequeño machete en la mesa de los souvenirs cuando escaseaba la memoria. Después La Mona volvió a sonar, y todo el mundo a cuartetear de nuevo. Dalma también, como podía, con su pomposo vestido salmón, que, nobleza obliga, era muy pero muy bonito.

Nos volvimos temprano, antes de que el «Cepita de Plata» empezara a actuar, porque hay imágenes públicas que preferimos salvaguardar. Lo triste es que fue antes de la torta, que tenía buena pinta y mantenimiento in situ: una vecina, la responsable de tamaña obra de pastelería, arreglaba con la manga de crema cada dedazo casual o premeditado.

También primó que los colectivos recién pasarían a las siete y el coraje no abunda para esperarlo a esas horas, con pocos reflejos, en una esquina de Barrio Maldonado. Como Lea, el único compañero motorizado (al que le debemos un buen regalo por tantas acarreadas), cabeceaba desde del último mordisco a la patita de pollo, le seguimos la corriente y enfilamos la despedida.

Allá quedó la alegría, recién comenzada, polvareda enredada de felices quince años.

Agradecimiento especial a la más hermosa y sagaz correctora: a Nati, que me puso, literalmente, los puntos sobre las íes.

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