Identidad

Publicado el 11 de octubre de 2006 por Martín Gaitán

Una vez más, batiendo records de estupidez, he perdido mi documento. El próximo será mi... cuadruplicado. Los documentos y las gomas de borrar, al menos los mios, son objetos destinados a la dimensión de las cosas perdidas. Allí deben estar, haciendose un lugar entre inocencias.

Sin embargo, los perjuicios que ocasiona el extravío de uno y otro objeto son bastante distintos. La goma es más fácil de suplir: siempre cabe la posibilidad de encontrar una no muy mordida en algún lápiz chino (de esos amarillos), comprar una nueva en la librería, usar un cacho de miga de pan humectada con saliva, o recurrir a un tachón bien prolijo que puede hacerse con regla si aún no la hemos perdido.

Con el tiempo, ideé  una estrategia. Cada vez que compro una goma de borrar elijo la más grande, e inmediatamente proceso a dividirla por la mitad, a las mitades la divido en cuartos y así sucesivamente mientras las porciones las pueda agarrar con los dedos. Sabía que estudiar la reproducción de los paramecios tenía que servirme para algo. Pero con el documento no funciona, no se reproduce por bipartición. Si lo pensé: le saco los ganchitos y voy usando de a un pliego por vez, aunque eso signifique menos bulto en la billetera y quede evidenciada la miseria. Pero me duelen las costillas de sólo pensar cómo puede reaccionar un amable policía cordobés si supone que le estoy tomando el pelo.

No tener documento es un trastorno. Nadie me cree que soy yo. Y hasta me hacen dudar a mí. Los que me quieren cobrar, no se hacen mucho problema. La cara que les importa es la Roca en el detector de billetes falsos, no la mia. Pero para cobrar no hay forma, insisten en que no tengo el sello de agua y el filamento fluorecente.

Hoy fue uno de esos días que tuve que intentarlo. El objetivo es convencer al cajero de que soy yo, y que yo soy el dueño de ese cheque. Lo primero es más o menos fácil si se tienen pocos escrúpulos para con uno mismo. Lo segundo depende de la sensibilidad del cajero, y para eso hay que saber elegirlo. Los pelados suelen ser bastante ingenuos y buenos. Y nunca elijas a una cajera linda.

Basicamente el plan consiste en poner cara de uno mismo (o sea no poner cara de nada) y contar con precisión secretos muy íntimos, que aunque no acrediten el nombre que figura en el cheque, demuestra desesperación manoseando la cuerdas emotivas e inspirando lástima.

— Me gusta acostarme tarde, y levantarme temprano. Aunque tambien me gusta dormir, y entonces sufro de un problema existencial. — empiezo, autoconfesional.
— A mi me pasa lo mismo — advierte, disimulando porque se acerca su jefe — pero no por eso puedo cobrar este cheque.
— Pero podés pagarlo — aprovecho.

Entonces le cuento que tengo combinaciones inmodificables para el desayuno y la merienda: té con galletitas y mermelada, café con leche y pan con mateca, chocolatada con galletitas dulces ("para mojar", le aclaro) y por último licuado de banana con ravioles fríos que hayan sobrado del mediodía ("también para mojar", vuelvo a aclarar).

— Exótico — me dice el cajero.
— Irresistible — contesto

Casi vencido, voy al todo o nada. El tiempo corre y están cambiando el cartel de la cotización por una que me desfavorece. Tengo que persuadirlo ya, voy a mostrarle algo muy íntimo: mi garganta.

— ¿Cómo, no era que el licuado de banana con ravioles era para la merienda? — pregunta, memorioso, observando un pedazo de carne de estofado en mi muela.
— Fue licuado de durazno con fideos, que va para el desayuno. — miento.
— Bueno, sí, veo tus caries, pero no tengo registro en el sistema de que sean las caries de quien figura en el cheque.
— Llamá, llamá. — lo increpo — Clínica Pasteur de Neuquén. Preguntá de quién fueron las amigdalas más grandes que hayan extraído allí. Las tienen en formol en un frasco de aceitunas de 5 kilos, en la vitrina de entrada, con mi nombre en una placa.

El tipo caza el teléfono y llama. Yo perplejo. Parte de lo que habia dicho era verdad, y era verdad que yo era el dueño de  ese cheque, pero al tipo le bastaba con una pequeña parte que no coincidiera para sacarme a la calle, igual que a las profesoras de matématica con la demostración de un teorema en un exámen.

Cuelga. Me mira con los ojos desafiantes y me dice:

— Mentiste.
— ¿Perdón? — intento persuadirlo con la mirada de bueno más artificial que haya existido nunca.
— Mentiste. El frasco es de 3 kilos. ¿Pesos o dolares?

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