La especialidad de la casa

Publicado el 24 de diciembre de 2004 por Martín Gaitán

Todos en mi familia son buenos cocineros; quiero decir mamá, papá y hermanos. Los estadistas pueden sumar, si quieren, a mi Tia Elsa y a mi abuela Chola, de quienes tengo buenos recuerdos pero poca evidencia de que siguen siendo buenas en el arte culinario.

He de confesarles que en este tema fui desde siempre la excepción a la regla, la oveja negra, la manzana podrida de la familia. Lo mio es la practicidad, y ese rito de la ollas y sartenes siempre quedó lejos de mis aspiraciones. Pero aunque nadie lo sabía, yo sabía que sabía. Me explico: si me dan a elegir algo de mí, eligiria mi capacidad para observar. Hay muchas cosas que puedo aprender "en teoría" simplemente observandolas. La teoría la tuve a diario desde chico, y aunque pocas veces la expuse en práctica (y nunca ante familiares, claro) fue macerandosé para cuando la ocasion lo requiriera.

Mi indiferencia hacia la cocina en el circulo familiar se prestó a innumerables chistes que yo mismo festejaba, cómodo (lo reconozco) en mi condición de aplaudidor. El Aplaudidor, para los que no saben, es un comensal clave en cualquier reunión de comilona como las que frecuentamos los Gaitán; casi tan importante como el cocinero mismo. Es él quien eleva la voz pidiendo "un aplauso para el asador", o agazaja con un sincero "muú bueno, en serio eh" sirviéndose el tercer plato de canelones. Para disimular, a veces pregunta "¿Cómo lo hiciste, Fulanita?", lo que deriva en la enumeracion de los detalles de ingredientes y prcedimientos al plato por parte de Fulanita y ante los cuales el Aplaudidor regala su mejor cara de interés pero sin prestar la mínima atención. Como hay buenos cocineros en la familia, también hay buenos Aplaudidores, entre los que se destacan Graciela, la esposa de mi viejo y Walterio, mi tio el pelado. Entre mis amigos, Gaby por lejos.

En mi ausencia, uno de lo mayores temores para mi viejo fué, sin dudas, qué sería de mi alimentación. A una semana de mi regreso, sigue preguntándome qué comiamos y cómo nos arreglabamos para cocinar. Yo, para divertirme maliciosamente con su angustia, le digo que si no fuera vegetariano le haría mi especialidad, para la que necesito doce salchichas y un litro y medio de agua.

La ocasión para la cuál guardaba mi secreto llegó en Córdoba, y se vió favorecida en gran medida porque mis comensales (Dany, Andre y a veces Gonzalo) nunca escatimaron elogios para mis experimentaciones aunque hayan sufrido exceso de cebolla, cocción o sal. También me ayudó la disponibilidad de tiempo, la buena onda imperante, el recetario "para un hijo aprendíz" que mi mamá envió por email y los consejos de mi hermano Mariano, que me aventaja con un par de años de experiencia de cocinar "arroz de estudiante lejos de casa".

Sano y barato, eran las condiciones que más respeté. Luego venia la del menor despliegue, aunque esa me cuesta un poco todavía, para pesar de Dany, a quien le toca el lavado de todos los bártulos, mesada, piso y hornallas que yo ensucio. Milanesas, zapallo al horno con queso, pizza de berenjenas y de las otras, suflé de zanahorias, puré de papas pipí cucú, pollo al horno con papas y demáses, tarta de cebollas, asado (soy ayudante aún) y arroces y fideos en todas sus variedades fueron degustados hasta el momento. Y En 2005 vamos por más.

Pero, mi querida familia, hete aquí un pequeño chantaje: si quieren comprobar con sus propios ojos y paladares esto que aquí he contado, entonces deberan hacerse presentes de cuerpo y espiritu por la húmeda capital cordobesa. Mientras tanto yo voy a servirme algo de todo lo rico que ustedes cocinaron para esta ocasión. Felíz Navidad.

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