Los dientes del poder

Publicado el 1ro de abril de 2008 por Martín Gaitán

La escena de las dos señoras disputando a los empujones el único taxi que se animó a parar hubiera sido una buena foto. Aunque el hedor, el del pánico colectivo, no se huele en las fotos.

El guardia de la libreria refunfuña y no puede ocultar su cara de preocupación. Estará preguntandose por qué mierda no habrá aceptado aquel trabajo en el country, donde estas cosas seguro no pasaban nunca. Qué negros de mierda, pensará.

— Vamos caballero, que debemos cerrar las instalaciones — apremia el guardia, con nerviosa cordialidad, al viejito que con esfuerzo sale por la diminuta puerta abierta al pie del enrejado.

Es como una evacuación. Pero una al revés. Lo que requiere urgente protección son las instalaciones, razón suficiente para echar a las personas (los clientes) a la calle, donde el supuesto peligro acecha.

Afuera el caos, la psicosis. El ruido de las persianas desesperadas por llegar al suelo, los click de los candados urgidos, gente corriendo, golpeándose sin disculpas en estas veredas cordobesas que nada favorecen a la celeridad. Y por todos lados, los susurros temerosos del desconcierto.

— Parece que se están juntando en la Plaza Colón — se dicen entre dientes, como si corriesen riesgos extras por ser escuchados, dos que esperan el colectivo.

Pero qué suerte la mía: en media hora tengo que encontrarme con alguien justo en esa plaza, frente al Mc Donald, que al menos espero que esté siendo saqueado en este momento.

Hay imágenes del noticiero en la pantalla y todos se agolpan sobre las ventanas del café que, por supuesto, ya cerró. La conjugación en tiempo condicional del titular no esclarece nada: estarían, habrían, llegarían. La noticia es el rumor mismo, y no la verdad que lo apacigüe.

Un niño en bicicleta se para delante de todos los que aguardan, desesperados, el transporte que nunca llega. El niño sonrie con gozo, como saboreando el poder de la información.

— Allá dicen que son más de 100 y vienen quemando los autos — vaticina impertérrito, y calza el pie derecho en pedal. En contramano, cruza la calle Velez Sarfield desierta de automóviles como pocos domingos, y se acerca a otra muchedumbre para repetir su misión.

No puedo evitar mi perplejidad. La situación me causa gracia, rabia, absoluta impotencia y todo junto. Voy caminando en dirección contraria a la marea de peatones, que me empujan por los dos costados. Lo llamo a mi viejo por celular. Le cuento qué filosos son los dientes del poder. Pero él ya lo sabe.

— Apuráte que ya vienen — ironizo frente a la heladería, donde sus empleados intentan destrabar la cadena de la persiana que se atascó en el peor momento.

Reacciono. Me doy cuenta que ese momento no hay ironía que descomprima el pavor, y no hay razones que la entiendan. Siento que soy capaz de comprender ahí, en esa esquina que es la misma donde cayó muerto Santiago Pampillón, lo que sintió Orson Welles cuando inventó aquello de la invasión alienígena y el chiste se le fue de las manos.

Debe ser verdad que ante la sensación de peligro, prima el instinto por sobre la razón. Y el instinto generalizado parece que es seguir a la manada, que evidentemente no tiene la más puta idea lo que debe hacer. Nadie se lo indica, tampoco. No hay patrulleros, no hay policias, no hay noticias, no hay nada. Sólo miedo. Una fulminante pandemia de miedo.

Lo mio tambien es un instinto. Despues de todo, tampoco tengo ni puta idea sobre qué mierda está pasando, pero no puedo olvidarme de aquel diciembre donde todo estalló, cuando con mi hermano baleado en la cama, llegaban vecinos a pedir nuestra ayuda para la guardia nocturna. La postal photoshopeada era casi igual: los negros, los que vivian más al oeste de nuestro oeste barrio, venian arrasando con todo a su paso. Era inminente. Una turba iracunda de pobres malolientes y rencorosos que se quedaron con las ganas de saquear más supermercados, ahora iban por nosotros, otros casi tan pobres como ellos.

Cuando cruzo La Cañada pasa algo extraño. La gente sigue histérica pero es menos, y los negocios recién parecen percatarse del peligro que, según las versiones del centro, ya los había incendiado. Me acerco a un flaco que tiene auriculares y le pregunto si está escuchando las noticias. Se saca el de la oreja izquierda y con un gesto casi inmovil me pide que le repita.

— No, papá... En un rato juega Belgrano con Ferro— responde, como percantandome de cuál es la información relevante de la tarde — ¿Pero vos preguntás por eso de los saqueos? El quiosquero escuchó que están viniendo desde el centro.

Miro a la calle. Junto a la rueda trasera de la la única 4x4 estacionada de la cuadra hay restos de escombros, como pedazos de un córdon que se volvió una rampa más ancha.

Casi les doy el gusto.

Este relato está basado en hechos reales del 31 de marzo de 2008 . Podés leer la noticia de La Voz del Interior y escuchar las declaraciones del jefe de policia. Tambien algunas fotos.

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