Mi carrera secreta

Publicado el 5 de julio de 2005 por Martín Gaitán

En Córdoba es casi imposible jugar a las Carreras Secretas, esas que el Negro Dolina describía en un cuento:

Se trata de elegir en la calle a una persona de caminar ágil y proponerse alcanzarlo antes de llegar a un punto establecido. Esta rigurosamente prohibido correr. Antes del comienzo de cada justa, se deciden las recompensas y penalidades: si llego a la esquina antes que el pelado, aprobare el exámen de lingüística.

Esto sucede no por falta de ágiles competidores, mucho menos por ausencia de deseos del corredor, ni por escacés de pelados. El impedimento es más simple y arduo: las veredas son tan angostas y tanta gente camina por ellas que sólo los inconscientes correrían semejante riesgo. Imaginen que Boquita pierda los próximos veinte superclásicos sólo porque ayer no llegué a Cañada y Duarte Quirós antes que la señora aquella, cuya silueta ocupaba todo el ancho de la pista y me impedía ganar la posición.

Yo, que de niño solía jugar a las carreras secretas y de más grande a su versión en bicicleta, ahora disputo una con nuevas reglas; una carrera secreta y virtual.

Todavía no tengo claro qué puedo ganar, pero si sé lo que arriesgo: mi identidad.

Los participantes: Yo, Martín Gaitán, soltero, argentino, 23 años, residente en Córdoba-Argentina, estudiante de Ingeniería en Computación, desarrollador web. Él, Martín Gaitán, soltero, argentino, 26 años, residente en Biarritz-Francia, jugador de rugby del Biarritz Olympique y del seleccionado argentino Los Pumas.

La carrera: la búsqueda de nuestro nombre en Google.

La competencia es difícil y está claro que ambos queremos ganar. Hace un par de años cuando empezó la carrera (al menos para mi), yo tenía un panorama desolador. Martín Gaitán se destacó en el mundial juvenil y logró una amedrentadora ventaja de los 9 primeros lugares de los resultados de búsqueda.

Fue por esa época en la que empecé a trabajar con SPIP, un software de gestión de contenidos online para desarrollar mis sitios. Poco a poco fui recuperando terreno y logré acercarme. Mi estratagema incluía también colaborar en sitios con muchas visitas diarias, y así lograr el empujoncito extra para alcanzar lo más alto del podio. Pude infiltrarme en un sitio francés, escribiendo algunas colaboraciones técnicas que, en realidad, a nadie le interesan.

Ante mi arremetida, Martín Gaitán, mi rival, se cambió de club. De ser estrella en el Club Atlético San Isidro —conocido por tener la hinchada femenina más linda del mundo—, y ser el jugador mejor pago del campeonato argentino, pasó a un club de baja reputación de la Francia Vasca que poco puede pagarle, cuya hinchada está compuesta por 17 sudorosos gordos parecidos a Obelix y un japonés que sigue al equipo por internet mientras viaja en tren bala.

Pero no le importó abandonar la gloria; sólo quería recuperar el primer puesto de la carrera. Y claro, como yo avanzaba merced a sitios en francés, se le ocurrió que migrando a la tierra de Sartre podría presentarme lucha.

Hace unas semanas jugó una de sus últimas fichas. Gracias a él, su equipo salió campeón del campeonato francés, algo equiparable en fútbol a lo que hizo Diego con el Nápoles dos décadas atrás.

Pero no le alcanzó. Mi colaborador, Manu Ginóbili, ganó el Anillo de la NBA la misma semana, sólo para no dejarle lugar a mi contrincante en la prensa deportiva, y no incremente así su relevancia en el buscador. Gracias Manu, te debo una.

Si me preguntaran diría que sí, que estoy cansado. Pero no puedo detenerme. Esta carrera es cruel por naturaleza, no tiene línea de llegada ni cinta para cortar con el abdomen en pose de esfuerzo. Mi carrera secreta terminará cuando uno de los dos pierda. Será cuando Martín Gaitán, el perdedor, sea confinado a las catacumbas del olvido, que queda en la séptima O de Goooooooogle, o más allá.

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