Pasar

Publicado el 25 de febrero de 2009 por Martín Gaitán

Damián va a la escuela Canónigo Piñero, en el barrio Campos de la Ribera de Córdoba. Vive en una casita de plan con su familia y, a veces, con la de su tía. Es el único varón entre cinco hermanas. En noviembre del año pasado le dijeron a su mamá que probablemente repetiría, por tercera vez, el segundo grado.

— Pero le vamos a dar la oportunidad de que rinda un exámen en diciembre — le dijo, solidaria, la maestra.

A partir de ese día, Damián sumó a su prontuario un apodo más: el bruto. Para entonces ya era el vago, el quilombero y también el sordo, porque Damián tiene una hipoacusia avanzada que nunca recibió tratamiento.

La mamá, angustiada por semejante fracaso, pidió ayuda. "Los chicos del apoio" nos dicen en el barrio, en perfecto cordobés. Y aunque hace ya unos años comprendimos que la educación no es sólo saber sujeto y predicado y la división por dos cifras, somos conscientes de que la escuela, los títulos escolares, son la regla con la que este sistema mide y castiga.

Si Damián no pasaba de grado, probablemente no hubiese ido más. Tampoco podría, hasta dentro de algunos años, ir a una escuela de adultos, por la sencilla razón de que es un niño. Un niño pobre.

Dijo el Che que la cualidad más linda de los revolucionarios es la ternura, es sentir en lo más hondo las injusticias cometidas contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Esta era una; una de las cientos de injusticias de un sistema educativo diseñado para excluir, para perpetuar la desigualdad y prohibir la diferencia, que, para colmo, ha colapsado en sus más básica función: ser, para el imaginario colectivo, imprescindible.

Allá fueron entonces, con la garganta apretada y los ojos brillosos, los militantes. Casi todos los días, con el compromiso que exige el amor, los compañeros y las compañeras fueron a la casa del niño, se hicieron un lugar en la mesita de la única sala, y le ayudaron a preparse para el juicio. Debía, en algunas semanas, aprender a sumar, a restar, a leer, a escribir oraciones cortitas y a diferenciar vertebrados de invertebrados.

El progreso, con semejante presión encima, no iba bien. Esto contaba Fer, a principios de diciembre:

Con el cuento, en realidad leyenda, comenzamos leyendo el título “Las Manchas del Sapo” para ver de qué se podía tratar y le re costó, pensaba y pensaba y me decía “no me acuerdo”… después leímos el cuento y seguido a eso traté de que entre tod@s (estábamos con Jaqui y Joel) interpretáramos el cuento y también le costó…como que no se daba cuenta…

Luego le propuse que escribiéramos algunas oraciones referidas a la leyenda y lo primero que trató de hacer fue copiar algo del libro, pero no se daba cuenta de qué era una oración, y traté de explicarle cómo era…entonces escribimos tres oraciones, con dificultad pero lo hicimos. Él reconoce las letras y las asocia con cosas que comienzan con esas letras (P de papá) y con los sonidos, aunque confunde algunas.

Después cuando le pedí que leyera lo que había escrito no pudo: inmediatamente después de que terminó de escribir no pudo leer, y bueno con mucho esfuerzo, no le di respiro pobrecito, leyó…y después sí lo dejé dibujar al sapo.

Antes de irme le dije a su mamá y a su hermana más grande que le escribieran cualquier cosa en su cuadernito, lo que se les ocurriera, con la letra que él conoce (imprenta mayúscula) para que él pudiera practicar…se me ocurre que podríamos llevarle unos cuentitos cortos escritos en esa letra.

Yo creo, tengo cero idea sobre este tema, pero me parece que Damián tiene dificultades en el aprendizaje y necesitaría una psicopedagoga y una seño que le dedique más tiempo. Eso sumado a que no escucha bien y me imagino que en aula la seño no debe estar dando la clase al ladito suyo. Pero mas allá de eso me parece que a él le cuesta un poco más y no es por vago que está a punto de repetir como cree su mamá…

Bueno esa es mi impresión…lo bueno es que él tiene todas las pilas puestas, cuando llegué a su casa él estaba en la vereda esperándome con su cuadernito y su lápiz…

En diciembre no rindió: la maestra, en acuerdo con la directora, pospuso el examen para febrero. Fue el lunes. Gabi, el compañero que asumió el compromiso con tezón de acero, lo acompaño a rendir.

A la tarde, lleno de felicidad, Gabi mandó un mail:

Hola compañeros mazamorreros! Quiero contarles dos cosas: la primera es que esta mañana fui al barrio a acompañar a Damián a rendir. Felizmente salió aprobado, pero con reservas para el año que viene ( tercer grado ). Hemos ganado una batalla compañeros, pero nos queda muchísimo trabajo todavía. Quiero agradecer a l@s compañer@s que me acompañaron y se sumaron en este desafío, en el que prevaleció la buena voluntad y el cariño por nuestro amigo mas allá de todo conocimiento técnico (...).

El cariño, más allá de todo. Leí, releí, y entonces, sin vergüenza, mis lágrimas rodaron cara abajo y mis mocos salieron a saludar. Cuando se me pasó la petrificación (la emoción está intacta), escribí esto y lo mandé con forma de abrazo:

El niño

 
Mundo ingrato este
que le exige al niño lo que no le da.
Esfuerzo, respuestas, perseverancia
condiciones y la tabla del dos
 
No contempla contextos
no concibe falencias
no vacila en la hoguera
 
El niño tiene algunos años
y más problemas:
ni su familia, ni su maestra
tampoco él mismo (lo aprendió de chiquito)
creen que pueda
 
Pero hay algunos más brutos
que nunca aprendieron la lección de memoria.
Ni de chiquitos ni de grandes supieron repetir
que el niño no puede
 
Convencidos, contrariados,
contra el viento y la lluvia
le dieron un abrazo al niño
uno de otro planeta.
 
El niño pasó de grado.
Y pasó de mundo.
 
Emocionado hasta los tuétanos, mis más afectuoso abrazo a los compañeros y compañeras que hicieron este logro realidad. Y a Damián, ese pequeño gran luchador.
 
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