Pollita en Fuga

Publicado el 10 de noviembre de 2009 por Martín Gaitán

No se le notaba. La última vez que Silvina cayó presa –el 5 de mayo pasado – estaba en la cama con su novio, embarazada y desnuda, pero no se le notaba. La brigada bonaerense la encontró a quince cuadras de la Villa Hidalgo, en el partido de San Martín, en una casa chica de cemento blanqueado, jardín reseco en la entrada y una segunda construcción al fondo. Silvina estaba encerrada en un cuarto con Jorge, uno de sus novios, cogiendo bajo el aire de un ventilador de techo. La brigada entró en el cuarto con modales bonaerenses y la sacó a patadas.

— Rati puto— saludó Silvina. Le pegaban más fuerte y no la dejaban vestirse.
— Rati la conchadetumadre dame la ropa–. La brigada le pateó los riñones, el estómago, las piernas y el culo. Silvina gritó:
— En la panza no. Quiero a mi abogado.

Pocos días más tarde, Clarín tituló: “Está embarazada, tiene quince años y se dedica a secuestrar”. Estaba embarazada de dos meses. Pero a esta altura —sesenta días después, cuando nos encontramos en algún lugar de la provincia de Buenos Aires— sé que lo perdió. Porque Silvina, ya van a ver, es uno de esos casos en los que se pierde todo.

— Yo quería un hijo para poder tener algo.

Me dirá en un rato con los ojos chicos, inflamados. Ese tipo de hinchazones que provocan los sedantes o el llanto.

Es martes 17 de junio a la noche, y voy por la autopista para encontrarme con ella. Está prófuga. Ayer se escapó por cuarta vez de un instituto de menores, y me dice su abogado que está guardada en algún rincón de este mundo. Está enferma y prácticamente sola. Sus padres, sus abuelos y buena parte de sus tíos se murieron. No tiene amigos y sus tres novios están presos. En este momento, lo único que tiene Silvina es un aborto infectado y un prontuario de miedo. Con apenas quince años está acusada de liderar una banda de secuestros express apodada “Los Enanos” –un nombre puesto por la policía, que alude a la poca edad de los chicos—; de robar algunos autos; y de llevar de paseo a más de diez personas.

El comienzo del fin, suponiendo que las cosas terminaron, fue en marzo y abril de este año. En apenas dos meses, la banda secuestró a ocho tipos —entre ellos a Cristos Trasivulidis, un empresario griego armador de barcos que pagó diez mil dólares de rescate— y se los llevó en tour mágico y misterioso por la villa Hidalgo de San Martín: una variante del Impenetrable en pleno conurbano bonaerense. En los expedientes, una víctima cuenta que la hicieron fumar porro. Otro se queja porque lo dejaron solo en medio de la villa mientras iban a comprar cigarrillos. Y hay un tercero que asegura que “la chica tuvo sexo con tipos delante mío”. Todos, sí, coincidían en un punto: el líder de la banda era una mujer, y esa mujer tenía el pelo rosado.

Con estos datos, el 5 de mayo la brigada de Investigaciones de San Isidro acorraló a Silvina en la casa que alguna vez fue de sus abuelos. Jorgito, miembro fundador de la banda, fue a parar al Instituto Belgrano. Silvina terminó en una celda de dos por dos en la Delegación Femenina de San Martín. Allí la fueron a visitar una tía –casi su única familia— y una asistente social. Y desde ahí la trasladaron al Establecimiento Asistencial Úrsula Llona de Inchausti, uno de los institutos de menores más seguros de todo Sudamérica. Ahí duró un mes, hasta que fue absuelta de algunas causas y la mandaron al Instituto Pelletier en La Plata. Silvina se escapó por la misma puerta por la que sale la ropa sucia.

7 de mayo, en el Establecimiento. Antes de esta cita clandestina, pude ver a Silvina sólo una vez, durante diez minutos. El encuentro fue en el Establecimiento Inchausti: un edificio de cuatro pisos y fachada prusiana levantado sobre la calle Perón, en pleno barrio de Once. Un primer vistazo hace pensar que es un geriátrico, un telo, o alguna cosa de ésas con plaqueta de bronce en la entrada. Pero el segundo vistazo deja una impresión siniestra: los vidrios están espejados y las ventanas tienen barrotes.

Adentro, definitivamente, no es un telo. Hay un hall chico con dos sillones de cuero verde y viejo, y un gato naranja imitación Chatrán durmiendo despatarrado. Se lo nota feliz: es el único que pasa por los barrotes.

Al lado de Chatrán hay tres celadoras en estado de sopor. Toman mate dulce y se dejan cebar por un hombre de seguridad. Hay un contraste entre el gesto amable del cebador, y el brillo amenazante de sus borceguíes negros, brutales, recién lustrados. El tipo me ofrece un mate, no dejo de mirarle los pies.

— Si me hacen un psicofísico, ahora estoy peor que cuando entré, ja.

Una celadora entra en rapto de sinceridad. Y cuenta que en el instituto hay veinticinco chicas, todas bravísimas, todas capaces de destrozar un piso entero en ataque de nervios.

— Una vez deshicieron la planta baja. Los varones se portan mejor, las pibas son tremendas. Te prepotean, no te hacen caso. Te piden un cigarrillo y después se frotan las muñecas con la colilla encendida hasta sangrar. Lo hacen para que las llevemos al hospital. Con el papel metalizado que viene en el paquete, lo enrollan hasta hacer un palito y con eso también se cortan. El tema del cigarrillo es bravo.

Dice con el entrecejo en frunce existencial, mientras cala hondo un cigarrillo rubio. El aire está enviciado y quiero irme. Todas las celadoras están teñidas de negro. Me pregunto si Koleston habrá sacado una línea “negro celador” porque el color es sencillamente único.

La directora también tiene esos pelos. Es una mujer robusta y de ojos muy celestes, parecida a Mirta Wons, que media hora más tarde baja hasta la entrada para abrirnos el camino hacia Silvina. Y digo abrirnos porque está conmigo Gustavo Semorile, uno de los dos abogados contratados por la tía de Silvina. Semorile es un tipo alto y flaco, de aspecto tribunalicio –siempre de corbata, gabán beige y anteojos— que contra todo pronóstico tiene sentimientos y cierta sensatez. Semorile es esa clase de gente que disfruta hablando en broma pero en serio, o en serio pero en broma. Esa ambigüedad irrita, pero a él lo entretiene. Me presenta ante Mirta Wons como su colaboradora. “Porque los periodistas acá no entran”, susurra divertido.

Subimos al despacho de Mirta. El ascensor es de un metal despintado, es angosto, es demasiado, todo acá es angosto, pienso, y pienso en las celdas, los barrotes, las colillas, ese mate, los borcegos, quiero irme. Quiero irme.

El camino a Silvina nunca se abre: para llegar a ella hay que encerrarse.

Mirta es simpática, redonda y maternal. Desde su despacho, y a través del amplio ventanal abarrotado, se ve la calle sucia, la gente enloquecida, la torpeza del tránsito. El mundo insoportable, visto desde el encierro, es el Edén. La miro a Mirta: la gente simpática y maternal no trabaja en lugares como éste. Ella, como adivinando, me muestra una sonrisa de marfil. Cuenta que la idea del Instituto es conocer la historia de cada interna, recuperarlas para la sociedad, tener con ellas un trato personalizado.

— Lástima que a Silvina casi no la conozco –sonríe—, porque se la pasa afuera declarando.

Cayó presa por unas diez causas pero, desde entonces, cada día le imputan un secuestro nuevo. El panorama hace pensar que podríamos llegar a veinte. Una cifra que, en la Brigada y en Tribunales, se hace incomprensible para una chica de 15 años. Cuando la detuvieron, la Dirección Departamental de Investigaciones (alias Brigada) llamó a Victoria Camacho Hidalgo, la otra abogada de Silvina, para que les llevara el documento: no creían que tuviera esa edad. En Tribunales le dan el tratamiento que recibe un “menor adulto” (entre los 16 y los 18 años) y eso significa que la indagan y la ponen en rueda de reconocimiento, dos prácticas que no se pueden hacer con una menor. Hoy, 7 de mayo, el secretario de turno se olvidó (“Me olvidé”, dijo) de que Silvina tiene quince años, y mandó un oficio para mantenerla incomunicada. Eso significa que no puede tener visitas, ni hablar por teléfono, ni mandar o recibir cartas.

Eso significa que la van a enloquecer pronto. Gustavo grita: se está violando la Convención de los Derechos del Niño. Silvina es una niña.

La sala de visitas es una casilla con paredes blancas, tres sillas de plástico y un escritorio de fórmica. El infierno tiene sucursales como ésta: incómodas, despojadas, con largos pasillos color celestoso, y con portones cerrados bajo siete llaves. A lo lejos un portón se cierra (ese estruendo metálico) y el sonido de los pasos es cada vez más fuerte: viene Silvina.

Lo primero es el pelo. Parece esas muñecas del Once con melena barata color fucsia. Tiene el flequillo stone, las raíces marrones y las puntas virando hacia un tono anaranjado. En los diarios dicen que la tintura es parte de un modus operandi: se tiñe después de cada secuestro para que no la reconozcan. Pero su tía Betty dirá, días más tarde, que se tiñe porque es coqueta. Ya fue rubia, morocha y pelirroja. Al fucsia llegó por error, cuando quiso teñirse de negro sobre una base ciruela y las proporciones usadas, más la condición berreta del producto, la dejaron parecida a una Bandana. Puedo creer lo de la coquetería. El pelo está limpio, las cejas cortas y depiladas, y las uñas sin morder. Ya se estuvo quejando porque no la dejan usar aros ni anillos.

— ¿No ven que una mujer sin alhajas no es mujer?

Le dijo a una celadora. Pero la celadora no entendió. Le ofreció, a cambio, un poco de Koleston negro. Por algún motivo comprensible, Silvina no aceptó.

— Nena porelamordedios teñite.

Gustavo Semorile le ruega, la abraza, la besa y muestra un trazo paternal que parece sincero. Debe quererla. Debe quererla porque la ve sola. Es curiosa la respuesta de Silvina: se relaja en él. Se afloja entre los pliegues del gabán. Desde esa patria amable que es el pecho de su abogado, me mira torcido. Desconfía.

— ¿Y ella quién es?

Tiene los ojos gordos, dopados y ni siquiera sé si me está viendo. Está tomando tres sedantes por noche, y tiene pérdidas y dolor de panza. Nadie apuesta demasiado a este embarazo por la cantidad de golpes que recibió últimamente, y por la cantidad de drogas que tomaba antes de caer presa. Los botines, contará días más tarde un familiar suyo, se gastaban generosamente en entradas a boliches, remises, alcohol, cocaína, pastillas, porro y poxirán para todos. Silvina también se compraba zapatillas. Son su perdición.

Cuando su tía Betty va a visitarla siempre le lleva unas distintas para que se cambie: en el Establecimiento la dejan tener sólo un par. Sin joyas y sin Nike, Silvina se desequilibra. Ahora tiene puestas unas Rebook plateadas imitación NASA —valor aproximado, 465 pesos— y tiene también un jogging azul que le embolsa el metro cincuenta de estatura. Mientras habla retuerce el buzo, se lo sube, se lo baja. Se rasca como si rascarse fuera una forma de pasar el tiempo. Tiene la panza morena y blanda: dos meses de embarazo sin glamour.

— Hoy me llevaron a declará, pero yo dije que no hablaba si no estabas. Me dijeron que te estaban llamando y no te encontraban.

Habla como una tumbera en Andalucía. Semorile putea entre dientes: nadie lo llamó, nadie le dijo que Silvina estaba en Tribunales.

— Entonce me querían hacer firmar un papé, pero yo digo si no leo no firmo. Entonce leo tatatá tatatá y de golpe leo no se qué secuestros express y entonce no firmé. Puse apelo.

Sonríe casi como en sueños. Entre los párpados cansados hay un hilo de pupila que brilla.

— Y cuando el tipo leyó me dijo pero qué apelá, por qué apelá. Y yo le dije: apelo porque no entiendo lo que dice, je.

Gustavo se ríe. Le dice “sos una hija de puta” pero principalmente se ríe. Vuelve a abrazarla, le pide que se tiña, que cuide su embarazo, que se porte bien. Ella le dice que sí a todo.Nos vamos.

— Yo la quiero a la piba, pero para la gente es una bestia –dice el abogado a la salida—. A la justicia le pedimos paciencia. Con la vida que tuvo, tendría que ser asesina serial.

La vida boba. La vida de Silvina fue normal hasta los 6 años. Su padre se llamaba Beto, era sodero, y repartía sifones con un carro y un caballo por el partido de San Martín, a pocas cuadras de la Villa Hidalgo. Su madre, Zully, trabajaba en una fiambrería de Martínez y era, a decir suyo y del barrio, una mujer intachable. Los momentos epifánicos llegaban de tarde en tarde, cuando Beto bañaba y peinaba a Silvina y a su hermana Vanessa (tres años más grande) y se las llevaba a pasear en carro. Vivían a quince cuadras de la villa (a doscientos metros de la casa donde fue apresada Silvina) y tenían una de esas vidas humildes y tranquilas. Betty, una de sus tías, me muestra una foto familiar: padre y madre alzando a las nenas, sonrientes. A Zully se la ve robusta y de mejillas rosas. Tiene una mirada ensoñada que reconozco en Silvina. Beto está anguloso y flaco. Por la camisa asoma un tatuaje: ROBERTO. En el dorso de la mano hay también una cruz.

En esa foto las cosas ya andaban mal. Antes del nacimiento de Silvina, Roberto cayó preso por un robo que no cometió. Un año y medio después fue absuelto, pero salió de la cárcel con HIV y muchos vicios. Se empezó a picar. Sin decirle nada, contagió a su mujer. Cuando Silvina tenía cinco años, Beto murió y Zully se enfermó de odio.

— Nunca le seas fiel a ningún hombre, no se lo merecen –le decía a Silvina—. Mirá cómo estoy. La única persona con la que me acosté en mi vida fue tu padre, y me contagió el sida.

Zully se mudó con sus padres y palió la angustia trabajando todo el día. A cargo de Silvina y Vanessa quedaron los abuelos maternos. Pero no era lo mismo. Para ellos las nenas eran una molestia –ensuciaban, hacían ruido— y las mandaban siempre a la calle. A los 9 años, Silvina ya fumaba porro, paraba con bandas de la Villa Hidalgo y jugaba con fierros de 9 y 45 mm. A Zully le daba todo igual.

— Viví la vida –le decía—. Total, uno se muere de cualquier cosa.

Y Zully se murió.

Silvina fue a vivir con sus abuelos paternos, en la casa donde finalmente fue apresada. Ella les hacía la comida, les charlaba, les lavaba los pies. Pero cuando tenía 11 años, los abuelos siguieron la senda de Beto y Zully y se murieron. Silvina quedó al cuidado de unos tíos que vivían en una construcción trasera. Pero el tío tenía cáncer, y entró en una agonía que devino el telón de fondo de una vida cotidiana insoportable. Silvina asistió a su tío hasta la muerte. A la parte delantera de la casa, mientras tanto, se mudó otro tío paterno con su mujer. El hombre tenía prontuario, y estaba involucrado en el secuestro de la hija de un narco de la zona. La policía lo buscaba por un lado, y el narco, por el otro. El tipo se sintió acorralado y no lo soportó. Un día Silvina abrió la puerta de calle y lo vio colgando del taparrollos de una cortina. Ahorcado, claro.

Desde entonces, cada vez que la detienen, la primera pregunta de Silvina es: “¿Quién hay?”. Quiere saber si hay alguien cruzando Talcahuano, en plaza Lavalle, frente a Tribunales. En general, aunque queda alguna parentela viva, hay sólo dos personas: Betty y Vanessa. La familia.

No hay mucho que pueda decirse de Betty: es una tía, es la única adulta sin prontuario, y acepta la entrevista bajo condición de no revelar ningún rasgo que la identifique. Tal como está todo, decir que Betty no tiene prontuario ya es decir mucho.

— Tantas veces Silvina me abraza y me dice: “Bah, si esta vida es una mierda, no tenemos a nadie, los que no están muertos están presos”. De algo hay que morir, tía. Eso me dice. Intentó suicidarse varias veces. Cortarse las venas. Yo la quiero convencer de que no está sola. Estoy yo, está mi marido, está su hermana. Le digo no te drogues, y ella me dice: “¿Para qué querés que viva, tía? ¿Para acostarme a la noche y no tener quién me dé un beso, para no compartir una mesa, para que nadie vea mis cosas del colegio?” Entonces me decía: “Yo voy a la esquina, me fumo, me tomo una cerveza y ya fue. Cuando me acosté, no necesité de nada de lo que no tengo”

Betty llora. Betty tiene una casa con olor a incienso (una bruja le dijo que flotaba una onda mala) y un hijo, Luis, detenido por una declaración de Silvina. Pero ella no tiene rencor; Luis tampoco. Ambos dicen que Silvina declaró ante la Brigada bajo la presión de golpes y amenazas de violación.

— Cuando no querés que te peguen más, sos capaz de mandar en cana a Gandhi.

Betty sonríe o hace una mueca de cansancio. Recuerda una de las tantas veces que Silvina defendió a su hijo.

Fue una noche, hace dos años, en un boliche de provincia. Luis estaba borracho y ya no tenía plata para cerveza. Pero encontró la solución: en la barra había un pibe con una jarra llena. Se acercó y le pidió un trago. No te doy. Dale. No te doy. Dale. No te doy.

— Mirá que soy chorro y te puedo meter un tiro –explicó Luis.
— Mirá que soy policía y te voy a meter en cana –contraexplicó el de la jarra

Hay ciertos conceptos que son esclarecedores. Luis se retiró con modales de paje real, y se encomendó al santo de turno para no terminar preso. Pero Silvina escuchó todo. Se acercó despacio, con una serenidad de western.

— ¿Qué te pasa? –sacó pecho— ¿Porque sos rati no le podés convidar a mi primo?

Ahí fue cuando, faaaa, le tiró la jarra a la mierda. “Silvina, te mato porque voy en cana”, le gritó Luis pero ella redobló la apuesta y cuando el policía sacó los dientes ella, faaaa, le dio un cross en la mandíbula.

— Esta también va por mi primo— explicó

Luis y Silvina eran inseparables. Tanto, que hay quienes piensan que el Segundo Gran Desastre para Silvina, después de la muerte de sus padres, fue el arresto de Luis. Él cayó el 6 de julio de 2002, junto con ella y Jorgito. Todos formaban parte de la banda. Luis y Silvina paraban con la misma gente y, salvo el desayuno, compartían todo. El punto de encuentro familiar era la casa de los abuelos paternos. Betty sacaba a sus hijos más chicos del colegio y los llevaba a tomar la merienda con ellos. Había un pacto: los primitos sólo iban si Silvina estaba sobria. Ella cumplía. Tomaba la leche como un telepibe, y cuando los nenes se iban, prendía un faso.

En esa época Silvina tenía 13 años y ninguna noción de riesgo. A los 11 ya había sido agarrada robando en un supermercado, y la liberaron porque la abuela le lloró al juez de menores. A los 13 se drogaba tanto que, algunas noches, no sabía ni con quién cogía. Luis, cuando la encontraba, se la llevaba a casa de los pelos y a los golpes.

Luis también cuidaba de Vanessa, la hermana mayor de Silvina. Pero Vanessa cambió.

Veo a Vanessa en fotos: es morocha, de cara redonda y cejas depiladas, y tiene el mismo cuerpo rotundo de Silvina. Todos dicen que es un primor. Empezó drogándose, pero a los quince quedó embarazada y su vida dio un vuelco. Los hijos, a veces, tienen el aura purificadora del Evangelio. Vanessa se fue a vivir con el padre de la beba, se hizo ama de casa, sacó chapa de ángel.

— Ayer fue a ver a Silvina y salió llorando, con colitis.

Cuenta Betty. Ayer fue 18 de mayo. Silvina tuvo un aborto espontáneo y ningún médico le limpió los restos del feto. El útero está infectado y mientras tanto la medican y la inyectan. Silvina babea, tiembla y no puede armar oraciones. Siente que una bola se le mueve en el estómago. Vanessa se desespera:

— La van a matar.

Durante un mes, nadie me deja ver a Silvina. Su salud es un problema serio, y prefiero no insistir por un tiempo. Hasta que el 17 de junio suena el teléfono. Es Gustavo Semorile. Quiere saber si ya entregué la nota. Le explico que no. Que necesito hablar con ella para poder escribir algo. Le pido que me deje verla. Le prometo ir sin grabador, sin libreta, sin birome…

Semorile me frena en seco.

— Se fugó.

Recuerdo el Establecimiento –rejas hasta en el inodoro— y pienso que la de Semorile es una de esas bromas.

— Se fugó. Nos vemos en una hora en el EuroBar de Tribunales.

Clandestina. El EuroBar es un lugar chico, impersonal y lleno de abogados con celular inquieto. Al fondo, cortesía de la casa, hay un televisor sintonizado en Crónica tv. Semorile llega, se sienta y habla sin sacar los ojos de la pantalla. Explica que la chica se escapó. Fue absuelta de algunas causas y la trasladaron al Instituto Pelletier de La Plata. Ahí defendió a una compañera del abuso de un celador, y le pegaron.

— Pero el problema es la Brigada –no despega los ojos de la tele—. La están volviendo loca.

Hace un año, el 6 de julio de 2002, la golpearon y amenazaron de violación y muerte. En ese contexto, dice Silvina, delató a su primo. Cuando pocos días atrás llegó a La Plata, bajo la promesa del juez de que ahí estaría segura y tranquila, tuvo dos sorpresas. La primera fue una paliza. La segunda: en el Pelletier le abrieron las puertas a la Brigada para que la interrogara. Silvina vio entrar a las mismas caras que el 6 de julio le habían jurado muerte a los golpes.

— Entonces se las picó. Ayer. La puta madre, mirá.

Me doy vuelta. Crónica mandó la placa roja: “Piba fuga de correccional / Es Silvina, líder de banda “Los Enanos”/ Se dedicaba a secuestrar”. El celular del abogado empieza a sonar a gritos. No para. No va a parar nunca. Semorile ofrece llevarme esta misma noche hasta donde está Silvina: quiere que la sociedad sepa que a su cliente la golpearon y amenazaron de muerte. Acepto.

Son las ocho y estamos en un auto con el fotógrafo. Le cuento cosas. El anecdotario de Silvina es una forma rara de pasar el tiempo. Nos preguntamos si habrá vidas sin elección. Los griegos decían eso: nacemos con un destino–la moina— y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. El héroe trágico es el que intenta zafar; el que busca –y no puede— quebrar ese destino inexorable. Edipo intenta pero falla: se arranca los ojos y termina desterrado. Antígona quiere sepultar dignamente a su hermano criminal, y termina lapidada. Cabe preguntarse qué tipo de marca hay en la frente de Silvina. En qué medida la biografía es, siempre, una suma de elecciones.

La pregunta es obvia: ¿Silvina puede elegir?

El 25 de Mayo pasado, Néstor Kirchner dio su primer discurso como presidente y, por primera vez en décadas, le dio al problema de la seguridad una explicación social. “La inseguridad no es sólo el Código Penal –dijo—. Sino el cumplimiento de los derechos de la Constitución”. Habló también de “mano blanda”, y quizás no sea una cuestión de demagogia: nadie sabe qué tipo de mano le vendría bien a Silvina (probablemente la de un padre). Pero sí queda claro que, en términos prácticos, la que recibió hasta ahora no sirvió de nada.

Las luces del auto rebotan en los faros de otro coche. Es la Isuzu del abogado, estacionada en un recodo del camino. Cambiamos de auto. Semorile hace jurar por la tumba de todos nuestros muertos presentes y futuros que no vamos a dar datos del lugar.

Supongamos, entonces, que el camino hasta Silvina es un túnel. Al final hay una casa, hay gente, hay Crónica tv, y hay una chica sentada en un sillón. Silvina está hinchada, rígida y con los ojos inflamados. Apenas puede abrirlos. Tiene puesta una vincha de colores, y por abajo asoman unas manchas pardas y acuosas: se acaba de teñir. De castaño.Pero eso es lo de menos.

— Me fui porque me pegaron. A una chica le estaban pegando, me metí para defenderla y me pegó un celador. Me pateó. Y yo saqué pecho, mavale. Le volví a pegá. La otra vez que estuve ahí también me pegó. Ya tiene varias denuncias. La brigada también me amenazaba. Me pegaron, todo. Yo ya los denuncié. Y le dije al juez que no quería volver al mismo lugá, porque me habían amenazado que me iban a pegá y a violá. Y el juez me dijo que me quede tranquila, que voy a estar bien. Pero me volvieron a llevar al mismo lugá. Y me volvieron a maltratá. Y pegarme no es tratarme bien.

— ¿Y cuando te peleás no te da miedo?

— Defenderme no me da miedo. Defender tampoco. La policía sí me da miedo, mavale. Pero hago lo que puedo.

Silvina habla lento. Monocorde. Su forma de estar es casi autista. Frente a ella, sobre la mesa, hay una ecografía. Es el útero: hoy fue al médico y la infección es grande. Parte del problema es que no puede volver a ese doctor, porque está prófuga. Ese es, quizás, el motivo principal por el que, al momento de encontrare con ella, sus abogados están considerando que se entregue.

— Hablé con la psicóloga del Instituto. Dije que la estaba pasando mal. Pero me dijo que los celadores están para agarrar a las chicas cuando están nerviosa. Y le dije: pero no hay que pegá. Y me dice bueno, cada uno tiene su manera. Y yo dije: a mí no me pegan más. Ayer a la mañana estaban sacando la ropa para limpieza y habían dejado la puerta abierta. Y me fui.

Es la cuarta vez que se escapa. La primera fue a los 12. Se entregó a la Brigada Femenina de San Martín por pedido de Victoria, quien entonces era su abogada. En general, los delincuentes entran a la Brigada llorando. Pero ella se dio vuelta en la puerta, miró a Victoria, y le gritó:

— En dos días te veo.

De la Brigada siempre la mandan a colegios “abiertos”: lugares con jardín y paredes relativamente bajas. Sin barrotes. Silvina nunca dura más de un mes. Un diálogo telefónico típico con Victoria es:

— Me voy a ir.
— Nooo. No te vaaayas. Quedate un poquito más.
— No. Me aburro.

Cada huída es revolucionaria. Cada vez es un comienzo desde cero. Siempre que se escapa, Silvina promete que va a portarse bien. Ahora también promete.

— Quiero cambiá. Sí. Quiero ser profesora de natación. Fui dos años con el colegio y me gusta.
— ¿Cómo te imaginás la felicidad?
— Portándome bié. Estudiando natación. Eso. A veces estoy contenta. Pero siempre me pasa arruinarme la poca alegría que tengo. Y mi mayor sueño es que salga Luciano. Porque tengo tres chico preso: Leandro, Luciano y Jorge. Y los tres piensan en trabajá. Se quieren casar conmigo. Y yo les creo. Y mi sueño es que salga el que más quiero, que es Luciano. Y me gustaría tener un hijo, porque sé que un hijo me va a rescatá. Quiero tener un hijo y después irme.
— ¿A los quince ya querés tener hijos?
— Sí. A los 12 yo ya buscaba un hijo. Con mi novio Leandro. Él también quería ser padre. Pero ya es tarde. No conmigo. Me pegaba mucho Leandro. Era golpeador.
— ¿Por qué te pegaba?
— Viste cómo son los hombre. Vos hacés algo malo y está todo bien. Hacés las cosas bien y terminás perdiendo. Te estoy dando un consejo.

El primer novio de Silvina fue Leandro. Tenían 12 años. En esa época, la vida de Silvina ya daba material para seis capítulos de Tumberos. A veces no tenía dónde comer, así que su tía Betty le había abierto una cuenta corriente en un kiosco. Lo que más salían del kiosco eran los Evatest.

— Silvina, ¿dónde mierda metés las pastillas anticonceptivas que te doy?
— Leandro se las pone al champú, para que el pelo le crezca más rápido

Leandro, además de coqueto, era golpeador. La quería. Cómo no la va a querer. Pero el porro lo ponía violento. Ella se la devolvía y eso no ayudaba: los hombres siempre pegan más fuerte. Hasta que Silvina se cansó.

— No me vas a pegar má, porque yo te viá matá. Porque no tengo papá y nadie nunca me pegó y vos menos me va a pegá.

Ella lo amaba. Pero lo corrió a los tiros.

— Me pegó –explica con la voz cansina. Adormecida—. Y había cerca un pibe con un fierro y se lo saqué de la mano y le tiré. Corriendo. Por la calle. Y no lo ví má. No lo mataba pero le iba a dar en el pie. Estaba cansada, pero era boluda porque era chica. Bah, soy chica. Pero al ser mi primera vez este pibe, y todo, era como que estaba re—enamorada, y no me importaba si me pegaba. Y ahora él me escribió que va a salí, que va a cambiá. Pero es como los borrachos: dice no tomo má, pero ve un vaso de vino y te lo va a agarrá. Entonces él dice voy a trabajá, pero después se fuma un porro y yo no estoy haciendo nada y pum, me caga a palos.

Con el segundo, Jorgito, empezó a tener una relación más linda. Si ella tenía hambre, él la acompañaba a hacer mandados. Esas cosas. El problema era todo lo demás. Desde los doce años, Silvina se movió en una villa que adoptó la modalidad del secuestro extorsivo. En el 2000 hubo un surgimiento de bandas de secuestradores, que tuvieron su centro de actividad más fuerte en Villa Hidalgo, Bajo Corea, Cárcova y Bajo Boulogne, todas en la provincia de Buenos Aires. Si Silvina hubiera crecido en otra villa, quizás se hubiera dedicado a la droga. O a nada. Pero creció en la Hidalgo, donde –entre otros casos— estuvo retenido Cristian Riquelme. El 25 de mayo de 2002, según los registros judiciales, Silvina subió un escalón en el Código Penal para llegar por primera vez a una de las figuras más graves: secuestro extorsivo. En la banda, de unos veinte miembros, estaba Jorgito.

El 6 de junio de 2002 los detuvieron. Jorgito fue al Belgrano y Silvina, al Pelletier. Jorgito todavía sigue preso. Silvina se fugó en una semana. Tres meses después empezó a visitar a Jorgito en el Belgrano. Ahí conoció a Luciano, su tercer novio. Luciano no tenía quién lo visitara, y Silvina le prometió ir a verlo.

Cumplió. Desde entonces se escriben, se hablan, se prometen el mundo.

— Queremos tener un hijo. Lo de Leandro era otra cosa: te decía: “Ah, te drogás vení, drogate conmigo”. En cambio este pibe no. Me dice vos no te drogás con nadie. Él me ayudó a cambiar mucho. Y para mí tener un hijo con él va a ser lo más lindo. Este que tuve lo perdí. Vino y se fue solo. Pero si llegaba a tenerlo iba a ser la más feliz. No me iba a importar criarlo sola, porque soy orgullosa y no le voy a pedir nada a nadie. Sé que sola iba a podé. Me lo imaginaba varoncito, llevándolo a la escuela, cuando recién empiece a hablá. Tener un hijo es lo único que me va a cambiá.
— ¿Por qué?
— Porque voy a tener a alguien.

Vanessa, su hermana, también se salvó con un hijo. Es una beba. Ludmila. El día que nació, Silvina sintió celos. Pero después la adoró. Desde hace tres años, todos los domingos, Silvina va a verla. A veces drogada. O borracha. Eso es lo de menos. Lo importante son los rollitos. Le gusta pellizcarle los rollitos.

— Ludmila es todo. Y yo ya tenía 13 años, era grande, ya andaba en la calle, y la pellizcaba. Era maldita yo. Pero la quería. La quiero. Cuando nació fue el día más feliz.
— ¿Y el peor día cuál fue?
— Lo peor fue la muerte de toda mi familia. Todos los años se va alguien. Empezó con mi viejo. Yo me arrepiento de llevar la vida que llevo. Me arrepiento mucho. Y no tengo la culpa. Lamentablemente. La culpa es de mi viejo, por haber contagiado a mi vieja de sida. Y se murió mi vieja. Y si mi viejo no la hubiese contagiado, mi vieja ahora estaría conmigo. Y yo no haría lo que hice porque no me dejaba salir a ningún lado mi vieja. Porque yo a mi mamá le iba a hacer caso.
— ¿Por qué empezaste con todo esto?
— Porque lo necesitaba. Dormí en la calle, todo. Necesitaba comé. Me faltó comida muchas veces. Me faltó techo muchas veces. Y todo lo que hice fue para pagarme mis cosas. Porque una mujer necesita toallitas, higienizarse, cosas que mi familia no me las daba, aunque se las pedía.

Hace cuatro años, Silvina le pidió a su tía que la anotara en un colegio privado. Quería saber cómo se siente el uniforme, los libros. La vida normal. A la primera fiesta de sexto grado, volvió espantada.

— Mis compañeras son unas estúpidas –dijo—. Parecen de jardín de infantes.

Betty no alcanzó a sacarle una foto con el uniforme puesto. A los dos meses, Silvina vendió el jumper, los mocasines, las medias y el manual del alumno bonaerense. El año pasado quiso volver a la escuela, y la anotaron en un público. Se fue porque no soportaba el delantal blanco. Blanco de bebé. Ella quería mostrar su ropa. Ir con las uñas pintadas.

Cuando cobra un trabajo, Silvina se va al shopping.

— Me compro todo.
— ¿Y qué se siente con tanta plata?
— Me siento la mejor. Poderosa. Me compraba zapatillas, camperas. Me encantan las zapatillas. Todas. Me gustan las Nike, las que tienen aire. Son carísimas.
— ¿Y ahora trabajarías de algo normal?
— Por qué no.
— No vas a poder comprarte zapatillas de 400 mangos.

Silencio.

— Eso me dolió. Me tocó acá. Me muero si no me puedo comprar algo que quiero. La zapatilla y la ropa es lo que más me gusta.

Suena el teléfono y Silvina salta del sillón. La poca salud que le queda se descargó en este segundo fulminante. Camina apurada hacia el teléfono. La miro. Tiene un jean reventando en el cuerpo. Un pulóver turquesa muy kosiuko. Unas zapatillas espaciales. Parece una chica pop.

El teléfono se corta antes de que atienda. Está esperando una llamada de Luciano. Él sale en cinco meses.

— Tiene una casa en Gesell y él también quiere cambiá. Y me dijo si me quería casar con él. Yo quiero. Me imagino en la playa dando clase de natación. Pienso que de tanto sufrimiento desde tan chica un día mi vida tiene que cambiá. Un día tiene que ser hasta acá lo malo. Lo material no me importa. Habré tenido de todo, porque tuve de todo y lo tengo, pero lo material pasa. Puedo vivir en un rancho pero si estoy con él y con mi hijo, no necesito nada.
— ¿Y si un día no tenés con qué darle de comer?
— Ahí no sé lo que haría. No me gustaría ir a robar tampoco, porque ahí va a haber un bebé de por medio, y si no está la mamá, no quiero que pase lo mismo que pasé yo, que anduve con los tíos de acá para allá, tratando de hacer las cosas bien. Porque mis tíos me quieren pero yo estoy sola. Me siento sola. Me siento totalmente sola.

Hay segundos donde el mundo se detiene y sólo queda una postal. Está Silvina con los ojos inflamados. En silencio. Sola.

Prende un Philip Morris y lo calza en la juntura de los dedos. Fuma raro. Fuma con cierto músculo. Como si tuviera a la colilla de rehén. Le pregunto entonces cómo se va a llamar su hijo.

— Lucifer – responde.

Traga el humo hasta el filtro, prende otro. Vuelve a tragar hasta que no quede más nada.

Publicado en Rolling Stones, en julio de 2003. Esta nota fue distinguida con el Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNPI 2004, que concede la Fundación Nuevo Periodismo dirigida por Gabriel García Márquez.

Antes lo publiqué en el blog no oficial de Josefina Licitra que pergeñé el año pasado. Señorita Li es su blog personal.

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